Una supermodelo en la grada


Tanto se habló de Illarra durante la semana que al fin decidió mostrarse (y le dejaron) después de que le hubiesen puesto estos años a calcar a Xabi en el cole con el papel cebolla, el lápiz cogido muy fuerte y la lengua por fuera aprisionada entre los dientes.Hubo algún momento en que se le confundió hasta con Kroos, dado el estirón, grácil y saltarín y con la mirada de quarterback por detrás de la línea de ataque observando los desmarques en racimo, como si en la grada en lugar de Cristiano y su hijo le estuviera siguiendo Gisele Bundchen, y el niño fuera el de ambos.

Ayer Tom Brady fue elegido por tercera vez MVP de la Superbowl y decía el Boston Globe que ya podría considerársele el mejor organizador de juego de la historia de la NFL, lo cual dicho de Asier es una enormidad pero lo mismo se pensaba al principio del de los Patriots. Ya ha dejado atrás el corte de pelo y el pendiente de madera con los que se presentó en Madrid, y en esas que resultaba tener una barba pelirroja, una barba alonsista, incluso gistauiana, con la que se le vio hasta repartiendo leña que es lo que hacía con mucho estilo el tolosarra.

Illarra mola un poco como mola la Real, que tiene a Granero, a Canales y a Carlos Vela, tres tipos con clase ahora dirigidos por Moyes que termina de darle al equipo el tono aristocrático de los tiempos de la Belle Epoque donostiarra cuando veraneaba allí la reina María Cristina. David es un híbrido entre el último James Bond, Robert Redford y Steve McQueen, mezcla también de lord británico y parroquiano tabernero que contrasta con la pureza, un equipo rico en matices, de Aritz Elustondo, que tiene la pinta y el nombre de un surfista de Zarauz.

Fue él quien cabeceó el gol antes del primer minuto, surfeando la defensa, por lo cual ya es casi una tradición empezar los partidos perdiendo con buenas olas. Pero fue sólo un instante, el instante clásico en el que el Madrid se reconoce de pronto a sí mismo como si se encontrase por la calle de casualidad. Luego aparece Benzema, que últimamente está muy serio y va arrastrando a sus compañeros por el campo metidos en un saco del que salió un Ramos informal en un rechace convertido en celebración scifi. Alguien debió decirle a Sergio que la Guerra de las Galaxias no es eso sino aventuras en el espacio.

Para controlar la euforia prematura siempre está Toni, que llevaba guantes de mayordomo; el Jeeves de Wodehouse atento a los despistes de Bertie Wooster, su señor, que cuando no se le necesita se transforma en una discreta máquina que dispara pelotas de tenis precisas al drive o al revés según se requiera, el German Sniper de Clint Eastwood candidato al Óscar o el francopasador. Con todos estos personajes sobre el campo uno disfruta sin parar, incluso dormitando a esas horas intempestivas. Estaba hasta Bilozerchev, el mítico gimnasta al que encarnaba Isco con sus regates en el caballo con arcos.

Todo parece una fantasía, pero como el equipo sufre cortes de luz el espectáculo se afea y el pueblo mira a Bale a pesar de que reparte balones a discreción y felicidad con una sola zancada. El Bernabéu grita: ¡Egoiste! de Chanel abriendo y cerrando las persianas de los balcones con sus vestidos de noche; pero el galés siempre saca su mano para dejar el frasco de perfume sobre la barandilla antes de esconderse del ruido que ocultó el cabezazo de escuela de James y sobre todo el pellizco de Karim que acude cada jornada a maravillar al personal como si estuviese contratado de crooner en un casino de Las Vegas, donde entretanto paseaba Illarramendi entre las mesas, vigilando las jugadas y ensayando por vez primera como ser un ídolo del campus igual que el Sueco Levov, el Tom Brady de Philip Roth, al que poco a poco sólo le va faltando un anuncio de trajes y una supermodelo en la grada.

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