Víctor Hugo jamás lo permitiría


Ya al final del partido apareció un Marcelo sancionado tras su paso personal por las Termópilas. No lo parecía porque el brasileño cuando habla siempre parece que contiene la risa igual que en el campo parece que se contiene para no pisar el área que le llama igual que Anita Ekberg desde la Fontana de Trevi: “¡Marcelo, come here!".

Ese primer plano suyo a pie de campo reveló que su pelo es una jungla impenetrable y sin embargo divertida, la dolce vita del lateral, porque aparte de esos mechones disparados (al viento se le mueven como los del león, como si el fútbol lo pusieran en la 2), tiene el ritmo loco de Krusty al que en Chamartín han logrado educar para que a veces parezca el jugador más desequilibrante del mundo.

Ayer el Sevilla también desequilibraba, pero directamente con esos empujones y zancadillas que hacía uno (o le hacían) en el colegio para divertir al personal como hacía Krychowiak, el jugador de balonmano al que ni siquiera le pitaron exclusión.

El locutor, entusiasmado, no paraba de alabar la valentía de los hispalenses, lo cual no se comprendió hasta que comenzó a nombrar a un tal Yesé y entonces se supo que había un cruce de comentaristas que transmitían al mismo tiempo un partido de la liga de Judea donde debían de estar alineados los Monty Phyton.

Ramos se echó al suelo cuando todavía uno no había llegado a casa, y cuando al fin lo logró James se iba a la suya por culpa de un mal paso después de repetir el tanto de la jornada anterior solo que más acrobático. Lástima de una tercera parte que pinta esplendorosa y que ya, como pronto, se estrenará en dos meses.

Uno sintió nostalgia porque le recordó, ya que se ha hablado del colegio, a cuando alguien en el suyo se lesionaba y venía el hermano Timoteo con sus ciento veinticinco años y una silla de ruedas para llevarle al hospital que estaba al otro lado de la calle. De este modo se imagina a James convaleciente: en su cama blanca rodeado de monjas y tapado hasta la barbilla, cantando siete cascabeles como Joselito.

Así que tuvo que salir Jesé con sus patas de hipopótamo, las cuales mueve como una gacela en honor del niño cantor, y en el Bernabéu la tristeza se torna en alegría igual que si hubiera llegado Marisol a cantarle Tómbola al abuelo. Por si fuera poco Nacho se puso a anticiparse a los contrarios alcanzado por el mismo rayo que le permitía a Mel Gibson saber en qué piensan las mujeres, cortando balones lo mismo que si el Sevilla acudiera a la sección de lencería en lugar de a la meta de Casillas quien, con el público entregado, despejaba de puños como en la vida igual que un portero clásico.

Se empezaba entonces a narrar un cuento en el que Kroos era Caperucita en plena conversación con los lobos, y a Bale la gente le relacionaba con el pastor del relato que siempre mentía hasta que lo que contaba fue verdad, sin entender que el galés busca el gol con el celo con el que Javert perseguía a Jean Valjean, lo que en ocasiones le hace pecar de ansiedad. Una vez llegada ésta, el aficionado, con mayor concreción el pipero, quiere lanzarle al Sena encadenado como al cruel funcionario, pero esto Victor Hugo jamás lo permitiría.

Isco lo que no permite nunca es que le quiten el balón, y en su empeño es capaz de dejarlo abandonado sobre la yerba y conseguir que los defensores le sigan como patitos a su madre con la excusa de contarles un secreto, que no es otro que la pelota ya la tiene Toni y la juega el Madrid. Fue cuando mejor marchaban las cosas que el árbitro le mostró la tarjeta a Marcelo víctima de una ratería. Se echaba las manos a la selva el brasileño igual que Marlon Brando descubría a su hermano muerto, puesto a secar en La Ley del Silencio.

El Sevilla eran los estibadores cómplices de Budd Schulberg, los albóndigas de tanta puñetería mientras Benzema habilitaba con tal sutileza que no acababan de salirle las rimas. Bonito estaba el partido y el francés seguía perdiendo versos en la boca del gol. Fue cuando Kroos se inventó una falta directa que si le llega a salir escribe ‘El príncipe’ de Maquiavelo de un disparo. Uno pensaba en esto y en regalarle a Karim ·’El arte de la guerra’ para hacerle el hombre perfecto, el Paul Newman sarraceno de Concha Espina.

No se acaban los adjetivos violentos cuando se juega contra el Madrid. El Cholo ha creado una escuela como Sam Peckinpah se hizo una filmografía, y allí estaban, por ejemplo, los perros de paja, asaltando el área como la casa del profesor Sumner quien resultó ser Nacho, y que jugó en lencería, perfumería y zapatería y hasta en el vestuario femenino y que apunta junto a Varane a pareja de postín para el sábado; como si fueran Camino y el Litri, dos novilleros de moda jugándosela mano a mano.

Ya casi con el pitillo en los dedos después de algunos nervios salió Illarra como un notario para firmar la victoria robando, pisando y echando al suelo en un segundo a medio Sevilla derrotado. Eso fue todo. En la banda Vecchi celebraba la victoria con los brazos en alto y, no sabe por qué, uno le imaginó como Miguel Ángel, subido a unos andamios pintando frescos en los techos de la Capilla Sixtina, quizá porque así le toca luchar al Madrid, sin bajarse de la gloria donde el poeta, como canta Huidobro, es un pequeño Dios.

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