El hombre que no mató a Liberty Valance


Madrid está llorando a lágrima viva pero uno se rebela contra la tristeza.Este tiempo no es el de la ciudad "y lo sabes" como diría Julio Iglesias.Al final del partido habló Modric y no tenía voz de Lukita sino de Lukazo.Una voz de Drácula de Bram Stoker desafiando a los cielos por haberse llevado a Elizabetha.Refulgía el color y resonaban los himnos de la patria chica porque cuando viaja el Madrid a Barcelona no va a ganar un partido de fútbol sino a colonizar Cataluña,una de las leyendas que por el tiempo se le escapó a Bécquer.

A Neymar parecía aleccionarle Mateu Lahoz de que aquello no era un teatro sino un terreno de juego como a uno le aleccionó un redactor jefe de que lo que se tenía entre  las manos no era una novela sino un periódico aunque luego le conservara las frases. Jr. parecía responderle que ese era su día, el día de la interpretación definitiva, y que tenía que comprenderle, pero sucedió que le tachó el histrionismo como un abuso improcedente de metáforas.

Modric comenzó cortando balones en el centro (y arriba y abajo) y la imagen empezaba a recordar tiempos pasados y gloriosos. Casi al mismo tiempo Íker despejaba a la grada con su talento innato y pronto se vio que el Madrid jugaba con el portero subido a la chepa, lo que dificulta la movilidad. La calma del Barsa era chicha. Un suspense de película, cuando todavía no se sabe de qué van los protagonistas, hasta que Suárez arrea y sorprende. Un novato del que los defensas madridistas aún no han registrado su olor y se les escapa aunque el viento les venga de cara.

Aún así, un poco más arriba el Madrid tenía fresca la anticipación, un puesto de frutas tras el que Kroos, Modric y Bale, ataviados con mandil, gritaban las bondades de su género. Un poco más atrás, entre bambalinas como un patriarca debajo de una sombrilla de Coca cola, Carlo parecía Jabba el Hut en su palacio mostrando una papada de tensión galáctica. Cristiano no aguantaba el balón en su poder más de dos segundos lo cual era una señal premonitoria como un relámpago de la tormenta: cuando Cristiano se muestra y le tapan, le cortan, se genera un clima propicio de trueno de los que parten árboles por la mitad.

Todo eran señales. Buenos augurios hasta de recital blanco. Marcelo era un estilete. Un bisturí sesgando la piel azulgrana en una intervención a corazón abierto. En una de esas incisiones Benzema la atrapó en el área e hizo un Canto de Sí Mismo a lo Walt Whitman para que Ronaldo la estrellara en el palo escribiendo otro capítulo de la maldición que no cesa. Neymar lo buscaba sin cesar. No el gol sino la piscina. Era el actor Ned Alleyn de los tiempos de Shakespeare diciéndole al mundo: “¡Yo soy Jerónimo, soy Tambourline, soy Fausto, soy Barrabás, el judío de Malta…!”. Y era perderla fuera de los planes y aparecer Messi soltándose la camisa de fuerza y el bozal de Hannibal Lecter para hacer filetes de madridista.

Estaba definiéndose el partido, como escribiéndose una constitución futbolística, y entre medias de la solemnidad se coló un espontáneo al que dejó pasar Ramos como si fuera un día de puertas abiertas. Sergio le abrió en persona a Mathieu los portones de la meta como Bono le abrió los del Congreso al pueblo mientras Casillas, que era el bedel, sostenía el vaso de agua. Había duelo de comediantes entre Suárez y Pepe. El teniente Feraud siempre buscando al teniente D’Hubert devolviéndose ambos sobre las tablas las falsas tarjetas amarillas. Ambos con rostro de lobos a medio transformar.

Empezaba el asedio del Madrid que había tomado las posiciones. Ya retenía el balón Cris en la banda, en su habitual retiro de reencuentro consigo mismo, quien tras una bicicleta ponía un pase que llevó el partido hasta mil novecientos cincuenta y cinco, como si viajaran en un Delorean, tal era la sobrealimentación de abucheos. Pasaban cosas fantásticas. Casillas despejó en plancha fuera del área y uno sufrió un aviso de vahído. Modric seguía cortando igual que una máquina de embutido, y Neymar solo delante de Casillas no supo que allí no había que actuar.

Fue justo antes de que Lukita. ¡Lukazo!, viera a Benzema marcharse, quien efectivamente se marchó pero después de un trincherazo de tacón que recogió Cristiano para rehabilitar el honor del punterazo. Jugadorazos. Allí estaba Raphael cantando: “Qué pasará, que misterio habrá, puede ser mi gran noche…”

Bale no afinaba en ataque pero el sacrificio defensivo le redimía y, primero y sobre todo Marcelo y después Isco, le enseñaban a Guardiola que se puede ser estrella y futbolista y atleta al mismo tiempo. Un impulso de giros de ballet sobre la punta de los botas. En veinte minutos hubo un gol anulado de Gareth, un chut lejano de Cris que paró Bravo y un fallo horrible del galés con el que se fue media victoria. Tan confundido estaba el Barcelona y tan crecido Piqué que hasta se atrevía con las chilenas.

Gerard se apretaba los machos en los caños y de ahí sacó un poco de aliento el Barsa mientras el Madrid se aplicaba en la excelencia y a Benzema, de tan excelente, se le olvidaba tirar a puerta. Acabó la primera parte con el recuerdo del disparo de Ronaldo como la senda a seguir perdida, el camino ya hollado que se dejaba atrás por mucho que uno no pueda resistirse a la belleza.

En la reanudación parecía el Madrid dispuesto a volver sobre sus pasos, pero era un día como aquel en que el Haupsturmführer Amon Goeth, por taimado consejo de Schindler, le dio por decir: "Te perdono” a los judíos poniéndoles la mano en la cabeza. La pierna de Modric seguía siendo un objeto arrojadizo pero de menor intensidad. Se sucedían las tarjetas fruto del cansancio. Messi empezaba a aparecer como diciendo: “¿Han dejado ya de chillar los corderos, Clarice?", y en un contragolpe blando Suárez sorprendió a la zaga, que no le olió, golpeando el balón con el ligamento anular del tarso mientras Casillas aparecía por allí medio llorando como la pobre cajera de Mercadona cuando lo del asalto del SAT.

Luego dicen que el Barsa le devolvió el acoso de la primera parte al Madrid, pero allí no hubo más que desencanto de los blancos pensando en cómo les faltó en la noche de Shinbone un hombre como Tom Doniphon que en realidad matara a Liberty Valance. Hubo un primer tiempo de fantasía y yerro que fue el Madrid, y un segundo de sencillez y vacío que fueron los azulgrana. Se habían pintado los techos de la Sixtina en una mitad y la cúpula de Barceló en la otra. Ganó el Barcelona pero casi de mentira, como si esos goles se fueran a caer pronto del tejado mientras los frescos de Miguel Ángel sobreviven a los siglos.

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