Un Madrid británico


Hacía tiempo que no gozaba de unas buenas vacaciones, por ello, ante la inédita oportunidad que se me brindaba, debía ser cauto en la designación del paradero. Necesitaba un lugar donde despejar la cabeza de tanto trabajo, de fútbol y por qué no decirlo, del Real Madrid.

‘Et voilá’, Londres fue la ganadora de mi certamen, una urbe que logró cumplir el primer propósito con creces, reduciendo mi estrés bajo mínimos pero con un muy deficiente resultado para la segunda y tercera enmienda. Aunque le otorgaría a la injusticia un protagonismo desmesurado si culpara de dichas eventualidades a “La Milla Cuadrada”, ya que la realidad es otra bien diferente, y no es otra que mi atribuible sana –o eso creo- chifladura por este deporte y aún más, por el Real Madrid. A veces debo reconocer que me siento un poco como Richard Dees, sin más patria ni religión que el equipo blanco. 

No conseguí desacordarme ni un ápice del fútbol porque situado junto a mi hotel en Vincent Square se hallaba un césped natural de grandes dimensiones con porterías en sendos extremos y regentado por un coqueto edificio que portaba un reloj –por su aspecto de alrededor de cincuenta años- en su parte más alta. Ese edificio con esa maquinaria de precisión milimétrica me transportaba a los tiempos de cuando ‘Titi Henry’ correteaba por la banda de Highbury, a las exquisitas asistencias al primer toque de Dennis Bergkamp y a la abusiva ocupación del espacio de Patrick Vieira. Aquellos tiempos en los que Arsène Wenger parecía un gran entrenador. 

El sentimiento es algo etéreo, no se puede describir y seguro que muchos de vosotros sabréis lo que quiero decir. El Real Madrid no me alimenta, pero me nutre. El Real Madrid no es una comunidad religiosa, pero es mi credo. No es mi amante, es el amor de mi vida. 

Por esta razón me era inevitable asignar a los majestuosos elementos de las calles londinenses un símil con el equipo merengue. Tal era mi enajenación y tal os la voy a narrar.

Una vez dentro del British Museum brotó el primer síntoma de locura vikinga, mientras observaba con detenimiento al famoso Moai de la isla de Pascua, fabricado en basalto oscuro, de dos metros de altura y cuatro toneladas. Me sobrecogí ante lo imponente de aquella figura, paralizado solo podía maravillarme ante su capacidad intimidatoria a pesar de su quietud. Todos admirábamos a ese Moai hasta que yo me simplifiqué de esa fórmula debido a una alteración visual, y es que de repente mi sentido de la vista sustituyó aquel monumento por un portero costarricense llamado Keylor Navas. En ese mismo instante comprendí lo que deben de sentir los delanteros ante su regio talante. Estoy convencido que la temporada pasada tanto Iker como Keylor visitaron este museo y aprendieron mucho de esta figura, lo que explicaría la diferencia del curso pasado con respecto al actual. Uno se aleccionó sobre intimidación, templanza y serenidad. El otro, sin embargo, solo se instruyó en el arte de hacer la estatua.

Proseguía mi itinerario sonriendo mientras recordaba el episodio del fax tardío hasta que me topé con una exposición de esculturas chinas a base de piedra blanca de Jade, todas de una suave y a la vez rocosa belleza. En la cultura china el Jade es símbolo de nobleza, perfección, constancia e inmortalidad. Yo contemplaba esas piedras como contemplo una cabalgada de Cristiano Ronaldo, un salto suyo gobernando los cielos mientras amenaza con un cabezazo ante la genuflexión de los defensas, y su constante afán de superación por alcanzar la inmortalidad en la historia del club.

Por un momento mi delirio me llevó a pensar que no me encontraba en el Museo Británico, sino en el del Santiago Bernabéu observando el glorioso palmarés. Debía salir de allí, pues estaba desvariando.

Necesitaba respirar aire puro y escapar de la muchedumbre -que no eran más que rivales presionando mi salida de balón-. Deseaba metros para correr y anhelaba una inminente llegada de Casemiro que barriera todos mis obstáculos. Necesitaba zafarme de esa asfixia tirando una pared con Isco, que Benítez sacara de allí a Benzema para que todas las miradas se desviaran, que el Bale de los tres carriles arrastrara hombres como en su día contó Ramón Álvarez de Mon. Y el galés atrajo tantas miradas, tantas críticas y tantas patadas que gané tiempo para escabullirme en el Underground que me transportó en escasos minutos a Marble Arch

La localización de aquella estación era inmejorable, en una de las entradas del Hyde Park, ese inmenso parque de tranquilidad infinita, de gente sentada en butacas disfrutando del ambiente otoñal y de cisnes en el lago. Yo me dejé llevar por aquella melancólica estampa y me adentré firme sin temor a una recaída. Pero la hubo, ¡ay que si la hubo!, me llené de armonía y paz interior sí, pero no precisamente por el caer de las hojas anaranjadas, sino porque allí estaban ellos, Zipi y Zape, el alemán y el croata, Tony y Luka, Kroos y Modric con el balón, jugando como niños despreocupados, desplazando el balón y reproduciendo una melodía que hacía del parque un sitio aún más plácido. Me embaucaron de tal forma que no opuse resistencia a mi propia demencia, me senté en la hierba decidido a disfrutar de aquel concierto de pases. A mi lado y previo pago -£ 1,20- del alquiler de una butaca con derecho a una hora de pase al recital, se ubicó James y me confesó que estaba loco por volver a bailar con ellos. No era para menos, hasta yo opositaría durante años solo para compartir una sola vez semejante escenario. 

Cuando la dupla germano-croata finalizó su sesión se retiraron a descansar al Kensington Palace, donde tuvieron la amabilidad de acogerme en su reunión y me hablaron de algo que despertó mi curisodad, me contaron que un fenómeno paranormal había invadido Portobello Road, en la zona de Nothing Hill. Y como iba a perderme yo aquello, que absorto en mi enajenación, me resultaba un pecado pasar por alto las directrices de aquellos eruditos. Así que anduve hasta aquel lugar y efectivamente comprobé que Luka Mozart y Kroos Beethoven no exageraban. Las sensaciones en aquel instante se tornaron ajenas a las experimentadas en el parque, pues todo era caos, algarabía, vitalidad, diversión, curiosidad y detalles que hacían del Portobello Market un lugar asombroso. Pero no era aquello sobre lo que debían apuntar los focos, la razón de que aquel lugar se atribuyera el reconocimiento de paranormal se debía a su mayor representante, el que encarnaba todos esos jocosos valores, y es que por allí retozaba Marcelo. Con ese pelo a lo afro, esos toques con la espuela, esas bicicletas, esa zurda que me escondía un balón y de pronto pasaba entre mis piernas. Ese recorte, propio de un lavado en seco. Aquello señores, era magia sin trucos. 

Finalizaban mis días de desocupación mientras me cuestionaba la posibilidad de si necesitaba asistencia psicológica tras lo vivido, así que decidí dar un paseo por la rivera del Támesis para reflexionar, y mientras cruzaba el Westminster Bridge un brusco descenso de la temperatura y una fuerte lluvia me golpearon el ánimo, de manera que me hicieron bajar de la auténtica nube en la que se había transfigurado mi viaje, cobrando todo aquello una dosis de espeluznante realismo. Solo las miradas del Big Ben y del London Eye apaciguaron aquella escena, y yo sabía perfectamente el porqué de ese efecto, ya que si bien segundos antes me preguntaba si estaba loco, me convencí de que aquellas miradas eran las de Ramos y Varane asegurándome que todo irá bien.

“La verdadera locura quizá no sea otra cosa que la sabiduría misma que, cansada de descubrir las vergüenzas del mundo, ha tomado la inteligente resolución de volverse loca”

-Heinrich Heine 

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