Ex nihilo nihil fit


Corría el minuto 14 del pasado derby cuando Casemiro, ese centrocampista que es una increíble mezcla de músculo y técnica, recupera un balón con una entrada a ras de suelo de los pies del colchonero Correa. Una entrada limpia que es respondida con la imposición de los tacos en la espinilla del brasileño. Todos lo vimos en directo, y el señor colegiado también (hallábase el mismo a un metro de la acción), y esa jugada, que es una tarjeta roja de manual, quedó en una mera amonestación verbal. Puede decirse que el partido se resume en una acción de segundos.

Ahora retrocedamos en el tiempo. 30 de junio de 1998, Stade Geoffroy-Guichard, Saint-Étienne, Francia. Octavos de final del Campeonato del Mundo de Fútbol, que disputan Inglaterra y Argentina. En el minuto 47, con un empate a dos en el marcador, Beckham y Simeone disputan un balón aéreo, situación que aprovecha el argentino para sacar, salvajemente, el codo a pasear. El inglés queda tendido en el suelo y el Cholo se acerca con el pretexto de ayudar, pero le tira del pelo. Beckham se harta y, en una reacción tan comprensible como injustificable, le da una patada. El colegiado lo ve claro y resuelve la situación de una forma muy poco salomónica: tarjeta amarilla para el argentino y roja directa para el británico. El equipo de los tres leones quedaría eliminada en los penalties.
Simeone es un provocador y un violento nato, futbolísticamente hablando. Quizás el punto positivo a su favor es que eliminó la mentalidad perdedora del Atlético, pero ¿a qué precio? Desde que el porteño se hizo con las riendas del club rojiblanco hemos asistido preocupados a un incremento de la violencia pura sobre el césped de los estadios españoles. Yo entiendo que en determinadas circunstancias, especialmente cuando se odie al rival, se salga con la intención de amedrentar, pero ayer no se vio una gota de fútbol. El planteamiento del Atlético fue destructivo: nosotros no vamos a jugar al fútbol, pero tampoco vamos a dejar que el rival juegue. No  hubo contragolpes, no hubo posesión, no hubo nada, porque cuando un equipo, o mejor dicho su entrenador, ordena actuar de esta forma, es imposible que haya nada. Ex nihilo nihil fit (de la nada surge la nada). Todo ello se ve agravado cuando cuenta con la directa colaboración del señor colegiado, que haciendo hincapié en una preocupante falta de personalidad, decidió permitir (ergo, colaboró) esta "interesante" propuesta futbolística.

Desde Barcelona se acusó al Real Madrid de "violento" y de practicar el "antifútbol" en su día. Al margen de las constantes provocaciones que hubo desde la Ciudad Condal, y a las que el Madrid se limitó a responder, el club merengue durante esa época al menos hizo una propuesta futbolística. Puede debatirse si es más o menos atractiva, pero al menos había "algo".

Ayer no vimos absolutamente nada. Era similar a una película de "Saw": la violencia más pura y gratuita que jamás he visto en un campo deportivo. Se dice que el Madrid jugó complaciente y mal, y no disculpo el pésimo encuentro de varios jugadores merengues, pero es imposible jugar a nada cuando es la más pura nada lo que plantea el entrenador rival.

Simeone es heredero y máximo de una larga tradición argentina. La tradición de la canallesca futbolística edulcorada con una retórica embellecedora. Si se mete un gol con la mano es "la mano de Dios", y no una trampa. Si provocamos a un rival hasta que le expulsan es "pillería". Si se reparten patadas y pisotones como si fueran subvenciones en un ayuntamiento de la Costa del Sol es "intensidad". Lo más sorprendente de todo es que hay unanimidad por parte de la prensa a la hora de aplaudir estas situaciones. No cuenten conmigo. Aquéllos que aplauden las hazañas del "equipo del pueblo" basadas en una salvaje actividad son sus cómplices, y mientras aguantamos al argentino soltando perlitas sobre presupuestos y ligas preparadas, como si fuera un plato de comida para llevar, el Atlético tiene el tercer presupuesto más alto de primera división. Con 157 millones de euros se puede incorporar a una plantilla jugadores de todas las características, pero los colchoneros, aupados por el cuerpo técnico, han encontrado su zona de confort en el exceso y en la bravata. Recemos, y esperemos que la nada que proponen estos señores vuelva a su lugar: a la nada.

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