La superioridad moral de la prensa


Todos hemos oído hablar, en mayor o menor medida, de la llamada "superioridad moral de la izquierda". Este término hace referencia al supuesto hecho de que la izquierda es inatacable, debido a que los errores que pueda cometer en cualquiera de sus políticas o variantes son buscando la consecución del mayor bien común. Como esto no es una página de política no voy a entrar en si este concepto y sus variantes sarcásticas de él derivadas son más acertadas o desacertadas (es más, en Meritocracia hemos colocado un armario donde pueden dejar su posición en el espectro político junto con el abrigo y la bufanda al entrar), pero me sirve como introducción para la breve tesis que quiero desarrollar en este artículo.

Durante los últimos veinte años hemos asistido a la transformación de un modelo periodístico. Este cambio, iniciado en mi opinión por José Mª García, supuso la sustitución de la información en los medios deportivos por una machacona y constante opinión, tanto es así que las mismas informaciones están empapadas de la "ideología" de aquél que la ha redactado. No contentos con ello, ya se llega al extremo de manipular descaradamente para hacer pasar opiniones como informaciones objetivas. Fue Edmund Burke el primero que dijo que la prensa (y actualmente, por extensión, el resto de medios de comunicación) es el cuarto poder debido a la gran influencia que tiene en el pensamiento social. Por desgracia, en Madrid, encontramos que este estamento (pues no deja de serlo) es la teta de la que mama la extendida plaga del piperismo que asola las gradas del Santiago Bernabéu. Ya encontramos una extraña división: mientras el abonado pipero suele ser un hombre maduro, con su camiseta de Sanchís y el patrocinio de Otaysa, el periodista deportivo es un tipo joven (salvo algunas excepciones), con el cerebro bien lavado tras su paso de becario por la redacción de numerosos medios deportivos de alto nivel (en la mayoría de los casos), donde le ha sido impreso el germen del odio hacia una serie de ideas y personas.

Paralelamente, mientras se producía esta transformación, el mundo se ha metido de lleno en la sociedad de la información: hemos pasado de ser entes individuales e individualizados a ser una sociedad en conexión permanente los unos con los otros. En el aspecto futbolístico, esto ha supuesto que a golpe de click uno pueda consultar la clasificación la segunda división de la liga de la República Islámica de Samotracia Oriental, mientras que hace dos décadas el conocimiento de estas materias estaba reservada a una diminuta élite mundial que vivía encerrada en sus zulos visionando VHSs en versión original traídos directamente por un conocido que residía en el país en cuestión. Esto ha conllevado que las noticias sean fácilmente contrastables por el consumidor.

Llegados a este punto, entramos en la superioridad moral del periodista. Cuando uno de nosotros, simples mortales que no estamos inscritos en el gremio, osamos demostrar que una noticia es una media verdad, o directamente falsa; cuando tenemos el valor de discutir una opinión fuera de lugar; cuando tenemos la blasfema valentía de poner en entredicho un titular; cuando, en definitiva, nos atrevemos a cuestionar el establishment periodístico, el objetivo de nuestra osadía alegará varias razones por la que nosotros "somos los malos", a saber, juicios de valor ("quién eres para cuestionarme"), juicios morales ("yo soy el pilar de la libertad de prensa, y si me atacas a mí, atacas este derecho"), referencias a la carrera propia ("yo demostré, algo de lo que nadie más puede presumir, la implicación de Mourinho en el asesinato de JFK" "y yo estuve en el 23-F"), y en más de un caso, ataques personales.

Por todo ello, el periodista es un ente inatacable. El periodista deportivo tiene barra libre para difamar e injuriar la persona de jugadores y entrenadores. El periódico X puede poner en portada un fichaje inventado por el calor y la ausencia de noticias estivales. La cadena de radio CFM tiene carta blanca para que uno de sus miembros llame "borrachos" a un sector de la afición. El canal 666 tiene el sacrosanto derecho de pagar a seis piltrafas para que se coloquen en la puerta de Valdebebas para montar un lamentable numerito (y antes de que nadie diga nada, no lo digo por lo que pasó tras el 4-0 en el Calderón, este hecho tiene nombres y apellidos demostrados y sucedió en 2014).

Somos inferiores. Ellos tienen el poder, y eso los hace intocables. Invitémosles al Bernabéu para que sigan soltando sus mentiras. Dejemos que destrocen el Club que tanto amamos, y quedémonos sentaditos, observando en silencio, o comiendo pipas, cómo lo hacen. Al fin y al cabo, ellos mandan... o no. En realidad existe una forma de vencerles: pensar por nosotros mismos. Ahora te hablo a ti directamente, lector. Me da igual si eres mourinhista, casillista, florentinista u homoneanderthalista. Piensa por ti. No dejes que nadie escriba en tu cabeza lo que has de pensar, de decir. Si lo haces, defenderás un Club que por ser el mejor es el objetivo de vomitivos ataques diarios, y personalmente, ganarás mi respeto como persona (aunque no en todos los casos como experto en deportes).

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