El gran Carletto

Aristóteles sostiene que el sentido común es un coordinador de los demás sentidos, y que está localizado en el corazón. Observando a Carlo Ancelotti comienzo a creer que definición del lógico griego encierra algo más que simple poesía. 

Cuando firmó por el Madrid, el Mister llegó envuelto en un halo de incertidumbre. Titulado por la prensa como “El Pacificador” a pesar de que nadie podía predecir el control sobre el comportamiento de un vestuario repleto de egos desmesurados y con la desconfianza nacida de un historial forjado en clubes de marcada política presidencialista, se llegó a la conclusión, ahora claramente errónea, de encontrarnos ante una personalidad dúctil que en realidad sólo era una marioneta para obedecer el antojo de Florentino Pérez.

Tras un inicio en el que no logró generar ninguna confianza, quizá debido al desconocimiento de la personalidad de los integrantes de la plantilla y a la falta de adaptación de determinados jugadores a un rol muy distinto al que venían desarrollando, problema al que hubo de sumar dos importantes bajas por lesión, no es menos cierto que el equipo fue dejando actuaciones que hicieron aumentar el sentimiento de confianza y rectificar el juicio apresurado que de él habíamos realizado gran parte del madridismo.  

Aún hoy, parte de la comunidad madridista, de sentido proclive al mourinhismo más ortodoxo, -movimiento en el que milito- argumenta que el éxito de La Décima se redujo a una cuestión de suerte, que se regaló La Liga, que el triunfo de Ancelotti es consecuencia de la herencia de Mou, o que Casillas juega por imposición presidencial. Seguramente esas convicciones sean inconmovibles por lo que paso de rebatirlas. Pero si me comienza a preocupar esa imagen del entrenador ideal como un tótem inmutable.

Mourinho tuvo muchísimas cosas buenas, y sin duda por encima de todas aplicó una filosofía ganadora que permanecerá viva hasta el día de su regreso. Digamos que nos sacó del infierno, pero Ancelotti nos ascendió al puto cielo. Y ahí es donde este genio con tics de jugador de póker del Lejano Oeste nos va a mantener por mucho tiempo. Y lo hará con un fútbol espectacular, con lesiones o sin lesiones, con el arbitraje en contra o en contra, con mayor o menor fortuna en los sorteos y con la opinión de los medios viniendo de frente o llegando de espaldas. Y todo por la sencilla razón de que Ancelotti, además de saber de fútbol más que nadie, es el psicólogo ideal para administrar el ego enfermizo de unos deportistas que son portada durante tres días por clavarle un gol a Macedonia y, que como dijo Don King de Mike Tyson, tras haberse embolsado éste 42 millones de dólares por un combate, no follarían ni pagando y ahora se nos antojan  más atractivos que Clark Gable. ¡A ver quién lidia ese toro como lo hace el Gran Carletto!.

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