Después de Reyes

Uno se estrena en Meritocracia casi igual que Ramos en esa encuesta de El Mundo como mejor jugador español elegido por capitanes y entrenadores. #TheFichajeTop ha sido el inmerecido jastag de bienvenida, lo cual le deja a uno muy honrado y al mismo tiempo muy abrumado, tanto como para dejar inmediatamente de hablar de sí mismo, pero siempre después de decir que se empieza a escribir aquí con el mismo agradecimiento con el que se deja de hacerlo allí donde corría la misma sangre. Uno se siente un patriota, o mejor dicho un poco como El patriota de Mel Gibson que acaba felizmente enamorado de la hermana de su mujer muerta.

Los futbolistas y los entrenadores dicen que Ramos es el mejor español y también que Iniesta sigue siendo uno de los mejores, aunque sea en decadencia. Un ocaso lento, casi imperceptible como el de Federer, que con treinta y tantos es el número dos en lo suyo. Lo de Ramos, lo suyo, quizá por encima de cualquier otra cosa es la cabeza (como la de Testadura Wilson que sembraba con ella el terror en los barcos del Misisipí), que lo mismo le sirve para inventar aforismos (el “equipo de Dios”) que como abrelatas. A esa cabeza se le podría llamar “La Bella y la Bestia”, un animal siempre alerta y una belleza interior un poco rural, a ratos conmovedora casi como aquella campesina de Turguénev, “de cabecita extremadamente agradable”, que abandonaba en el bosque sus acianos del mismo modo que hacía su amante con ella.

A Sergio no le va a abandonar su amante (sólo si él quiere, como Xabi) porque la sangre le fluye blanca desde la adolescencia o incluso más allá, lo cual puede pasar viniendo de Camas, de Cardiff o de Mutriku. Al Madrid algunos llegan como campesinos del mundo en las maneras y salen nobles de un París decimonónico como Hierro, que vino de Vélez-Málaga con un saco y ahora ocupa el banquillo como si fuera el mismísimo Brummel, el dandi que se ganó la fama en la Francia de Platini quien bajó a la hierba de Marrakech para que Cristiano le hiciera una bicicleta antes de entregarle en unos días, por segunda vez consecutiva, ese trofeo por el que cada vez se va pareciendo más a un Gollum que repitiese sumido en la locura: “Mi Neuer, mi Neuer...”

Va a empezar el año y hay que olvidarse de seres de fantasía teniendo como se tiene nombres de leyenda. Un equipo en el que Marcelo se echa la mano al muslo y nadie llora (no como los de San Lorenzo, pobres, tan matones como el Tiburón de ‘Moonraker’, que después de golpear repetidamente a James Bond terminaba hipando en su hombro), porque para el caso queda Coentrao. En Marruecos fue salir Fabio, cuya melena es una versión joven de la de Tina Turner, y a los argentinos ya no les quedó ni la victoria parcial de las mechas, ese mundo en el que Buffarini, hasta la entrada del portugués, era el hombre.

Ramos usó entonces su cabeza, de nuevo, esta vez para coronarse como dicen en El Mundo, pero uno miraba allí donde se sitúan los pajes y observó a Modric (al que ya le nace la pluma en el sombrero), con la sensación de estar viendo un documental de naturaleza a cámara súper rápida (esa nariz aguileña, esos ojos vivos, las orejas como pétalos..) donde se puede ver el crecimiento de una flor hasta su plenitud en segundos,  acelerándose las semanas y los meses, vislumbrándose casi en epifanía el halo de la Undécima. Al croata ya se le ha visto sonreír dispuesto a enamorar con sus canciones como si fuera Romina que vuelve junto a Kroos, su Al Bano, o igual que los días que se alargan, como si después de Reyes también a Lukita lo sintiesen los bueyes.

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