Viudas y cataclismos

¿Es lícito ridiculizar la opinión de una parte de la afición? Mientras existan viudas desconsoladas que desmoralizan al madridismo en tiempo récord, no veo razón alguna que lo impida.

Debemos reírnos del llanto de esa fauna variopinta perteneciente a diferentes sectas -además de moratistas, hay alonsistas, lopezistas y en mayor número dimariistas- que aún andando lejos de conformar un gusto homogéneo, mantienen el común denominador de su indigno pataleo. 

Al parecer, la consecución de la mítica Décima no ha mellado su innato instinto pesimista. Y tras la victoria han conformando un ejército de plañideras que encuentra en los movimientos del mercado de fichajes, una situación cataclísmica, un motivo suficiente para el suicidio colectivo y cuyo diagnóstico apresurado es que Florentino se ha cepillado un proyecto deportivo inmejorable.

¿Podría este sentimiento derrotista llamarse madridismo? Puede que sí, no tengo dudas que si tuvieran que colgar una pancarta en el primer anfiteatro rezaría: “Aquí no se anima, se desmoraliza” y eso no les haría menos madridistas. Al que le parezca exagerada esta opinión, sólo tendrá que recordar el patético “sí se puede” lisboeta que sonó como el grito de la víctima, que sintiéndose inferior levanta la penúltima bandera como acto de desesperación y vergüenza.

Una afición así no sólo merece ser ridiculizada, debería ser impugnada en Asamblea Extraordinaria y a pesar de su madridismo, eliminada de nuestras gradas para siempre. Su derrotismo endémico, mostrado, una vez más, recién alcanzado el décimo cielo, se antoja motivo suficiente para reducirla a cenizas. Su frustración permanente, la merma de su inteligencia, y su nula visión futbolística exigen un traspaso a lo Xabi Alonso, un traspaso traicionero y urgente al eterno rival. Pues por admirable que sea nuestro equipo -esta temporada lo es más que nunca- su eterno descontento y su desaliento atentan nuestro progreso. 

El madridismo siempre fue fortaleza de espíritu y no debilidad marica. Fuimos, somos y seremos grandeza, por eso los sentimientos degenerados de cornudos consentidores y mojabragas deberían ser fulminados. Máxime cuando todo esta rabieta de llanto mocoso está construida sobre una gran mentira. Pues mentir no consiste solamente en no decir la verdad, sobre todo consiste en afirmar más de lo que es, en aumentar hasta el delirio el valor de un par de jugadores que estando muy lejos de ser Pelé o Beckenbauer, decidieron no respetar sus contratos y salir por la puerta de servicio, en un ejercicio de traición e hipocresía consagrada. Ellos, ni han sido, ni son, ni serán jamás madridistas. ¡Que les jodan!.

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