La mejor droga


Abrió los ojos y le deslumbró la intensa luz que entraba a través de la ventana. Sentía las piernas entumecidas; cada uno de los dedos de sus pies era recorrido por una incesante —e intensa— hilera de hormigas que amenazaban con ascender por sus piernas; y así lo hicieron. Gemelos, rodillas, cadera… «Mierda, ya están en el abdomen»… Intentó con todas sus fuerzas no pensar, no sentir aquella desagradable huella, que día tras día se hacía más grande en su interior. 

«Algo positivo, algo positivo… necesito algo que compense las fuerzas que se llevan cada una de estas dichosas hormigas. Un momento, ¡es domingo!...». Con un esfuerzo —que creía no tener— se sentó sobre la cama, abrió la «app» donde veía reflejados todos los partidos y horarios… y no pudo evitar que una sonrisa se dibujara en su rostro. Sonrisa, que sin darse cuenta le empujó a levantarse, a caminar hacia la cocina sin pensar en las hormigas, los pinchazos y el dolor atroz que le oprimía día sí y día también.

Encendió la radio y la cafetera. Antes de que su café estuviera listo, no pudo evitar escuchar las críticas, opiniones, informaciones sin base alguna y dobles raseros que rodeaban a su equipo. Lejos de enfadarse, había aprendido —gracias a su padre y el tiempo empleado en investigar la historia del escudo que tanto amaba—, a crecerse ante la ignorancia, ante los diferentes intereses que todos tenían y ninguno reconocía. Si nadie era incapaz de entender su enfermedad, porque no era visible a primera vista, ¿cómo iban a entender su amor incondicional por un escudo? ¿Por un legado que muchos habían pisoteado y otros querían renovar a su imagen y semejanza? Un pinchazo en su pierna izquierda le hizo flaquear, estuvo a punto de caer al suelo, pero el olor a café, su fuerza y sus ganas de disfrutar de un día esperando ver ese escudo, hicieron que agarrara la encimera de la cocina con ahínco. Respiró hondo. Desayunó.

Pasaron las horas, el sofá y pequeños paseos por casa parecían mitigar —aunque fuera solo por unos minutos— la intensidad del dolor, el recuerdo de su enfermedad, la pena por haber perdido la salud sin explicación alguna.

El oído de un mensaje hizo que acelerara el paso hacia la mesa del salón. Su marcha no era coordinada y aumentó el dolor que había conseguido mitigar. Observó la pantalla: « Hoy no puedes decirnos que no, quedarte en casa no te ayudará, tienes que venir y socializarte. Lo pasarás bien viendo a los nuestros. No  hacerlo no te curará, recuérdalo». «Ya, cada vez que el médico me da malas noticias no sois vosotros los que estáis ahí…», pensó para sus adentros. Tras la última consulta, había intentado superar la noticia de no estar respondiendo al tratamiento. « Bah, ¡paso! No me dejaré influir, solo yo sé cómo responde mi cuerpo».

Volvió al sofá y decidió distraerse ojeando noticias acerca del partido, convocados, lesionados… Dejado a un lado todo aquello que sabía a ciencia cierta, no le ayudaría, por fin llegó la hora. Sentado frente al televisor, con el bol más grande que tenía, abarrotado de patatas —las pipas habían pasado a mejor vida hacía años ya—, pensó solo en disfrutar, analizar el sistema de juego, a cada jugador… todo.

Final, todo había acabado y no pudo impedir que la vergüenza recorriera todo su cuerpo. « Al menos esta sensación también elimina el dolor.» Se había dado cuenta que, como en otras ocasiones, los 90’ que duraba el partido, si el dolor no había desaparecido por completo, apenas era perceptible.

Ya en la cama, volvía a mirar a través de la ventana. Esta vez no era la luz del sol lo que inundaba la habitación, sino la luz de las farolas. Repasó cómo había sido su día, cómo las ganas devastadas de ponerse en pie que le transmitían sus «amigas» las hormigas, habían sido sustituidas por la ilusión, la pasión, la devoción y el orgullo de sentirse unido a algo; la sensación de pertenecer a algo más grande que él, que le sobreviviría y no moriría nunca.  Les criticaría sí, no merecían menos, pero sabía que ningún jugador, directiva ni entrenador, terminaría con algo tan grande que se había convertido ya en eterno. Muchos jugadores, ya en épocas pasadas, habían echado a un entrenador porque no les gustaba o las razones más estúpidas que se pudieran imaginar.

El día siguiente sería un día diferente, sabía que oiría aún peores críticas si encendía la radio —cosa que ya no pensaba hacer—, pero también sabía que el tiempo sin dolor delante del televisor no tenáa precio y le ayudaría a que fuera un día mejor; y eso, solo lo conseguía su escudo. Nadie más.

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